He levantado varias rondas. No muchas, las suficientes como para haber desarrollado un oído y un estómago. Y hay cinco preguntas que los VCs me siguen haciendo que, simultáneamente, me causan una gracia enorme y me tocan profundamente los cojones. Las dos cosas a la vez, como cuando tu hijo te despierta a las seis de la mañana un domingo y te da un beso, ternura y furia conviviendo en el mismo instante.
Y lo peor es que ya ni siquiera te las hacen en persona. Son videollamadas, todas. VCs de Londres, de Berlín, de Madrid, business angels de Barcelona que viven a tres calles de tu casa, fondos con nombres en latín o en sánscrito que prometen visión de largo plazo y después te piden un Excel a cinco años como si el futuro fuera una planilla.
Ninguno tiene la decencia de decirte estas cosas mirándote a los ojos. Te las dicen desde un rectángulo de Zoom, con el micrófono en mute la mitad del tiempo y un fondo difuminado que esconde vaya uno a saber qué. Y ahí, desde esos rectángulos, he escuchado estas cinco preguntas que ya no escucho como preguntas. Las escucho como confesiones.
La primera red flag es el VC que se obsesiona con el modelo financiero. En etapa temprana (seed), un modelo financiero es una forma educada de la ficción. Es poesía, si uno es generoso. Es mentira, si uno es honesto. Yo lo sé, ellos lo saben, y sin embargo insisten en discutir si el crecimiento del mes dieciocho es del doce o del catorce por ciento, como si estuviéramos negociando el precio del kilo de tomates en el Mercat de l'Abaceria. Pero el récord lo tiene un VC de Madrid, de los que llevan mocasines sin calcetines en enero, que me pidió un monthly business plan. Un plan mensual de negocio, para una empresa que tenía cuatro meses de vida y tres clientes. Me quedé mirando la pantalla un momento, pensando si era una broma o si el hombre había confundido mi startup con una sucursal de banco. Si alguien en seed te pide sensibilidad sobre el EBITDA del año tres, lo que te está diciendo, sin decirlo, es que no entiende en qué negocio está. Si te pide un monthly plan, lo que te está diciendo es que no debería estar en este negocio.
La segunda red flag es la pregunta sobre la estrategia de salida. Exit strategy, dicen, y lo dicen en inglés porque en inglés las cosas suenan más serias. Yo siempre quiero responder: “hermano, todavía no terminé de entrar y ya me estás preguntando cómo me voy”. Es como sentarse a cenar con alguien que antes de pedir el primer plato te pregunta a qué hora pensás irte. À la poubelle, como dicen los franceses, que para tirar cosas a la basura tienen una elegancia que nosotros no tenemos.
La tercera red flag es la más reveladora, el VC que necesita saber quién más está invirtiendo. Esa pregunta tiene una arquitectura cobarde, lo que dice es, yo no tengo criterio propio, necesito que alguien más valide esto para mover mi convicción. Es el equivalente financiero de mirar para el costado antes de cruzar la calle, pero no para ver si viene un auto, sino para ver si alguien más está cruzando. En Barcelona aprendí que cruzar solo, a veces, es la única forma de llegar al otro lado.
La cuarta red flag es la exigencia del foco. No como virtud, que puede serlo, sino como dogma, como test de admisión, como señal de salud mental. Me la han hecho tres veces. El VC que frunce el ceño cuando descubre que tenés más de un proyecto. Que necesita saber que sos monotemático, que vivís y respirás una sola cosa, que no te distraés. El foco es importante, sí, nadie lo niega. Pero hay algo profundamente contradictorio en un ecosistema que idolatra a Elon Musk, que tiene veinte empresas, ocho hijos, compró una red social por capricho y encuentra tiempo para twittear a las dos de la mañana, y que al mismo tiempo le pide a un emprendedor en seed que demuestre que no está haciendo nada más. Nunca me han explicado bien por qué no se puede. Por qué hacer dos cosas a la vez es señal de dispersión y no de capacidad. Por qué el foco es una virtud cuando lo tiene uno y un defecto cuando lo tenés vos. Yo puedo mascar chicle y caminar. Siempre pude. Y si no podés hacer las dos cosas, el problema no es el chicle.
La quinta red flag es la más mezquina y por lo tanto la más informativa. Es el VC que negocia con ferocidad variaciones mínimas en la valoración. Que se pone pálido si el post-money sube quinientos mil euros en una ronda seed. Yo siempre pienso lo mismo, si este tipo se pone así por esto, imaginá lo que va a ser tenerlo de socio cuando las cosas se pongan difíciles de verdad. Porque se van a poner difíciles, eso es lo único que un modelo financiero puede predecir con certeza. Y cuando llegue ese momento, querés al lado a alguien que entienda que esto es un viaje largo, no a alguien que discute el precio del pasaje.
Sigo aceptando videollamadas. Sigo encendiendo la cámara, sigo sonriendo cuando toca, sigo compartiendo pantalla con el deck.
Ahora, cuando un VC o un business angel aparece en el rectángulo, lo que escucho no son sus preguntas, lo que escucho es todo lo que sus preguntas confiesan.
