Conozco a un emprendedor en Barcelona al que voy a llamar Alex, en parte para proteger su identidad y en parte porque se llama Alex.

Alex es el tipo que cuando le preguntás cómo va todo te dice que espectacular, no bien, no bastante bien, no tirando, espectacular, y antes de que puedas formular una pregunta de seguimiento ya te está contando que acaban de firmar con un cliente grande, que tienen un pipeline de varios millones, que el equipo está más alineado que nunca, que los inversores están muy interesados aunque todavía no hay nada firmado pero es cuestión de semanas. Alex lleva cuatro años a cuestión de semanas de cerrar algo importante, que es una posición que requiere cierta dedicación sostenida y yo, honestamente, la respeto.

La empresa de Alex cerró hace ya un tiempo, sin comunicado, sin el post de LinkedIn, un día existía y al siguiente era un dominio caducado y un silencio administrativo que nadie consideró necesario explicar.

Lo interesante es que Alex sigue apareciendo en los eventos, con la misma energía y la misma sonrisa, antes era fintech, después blockchain, luego no-code, ahora es inteligencia artificial, naturalmente, porque Alex tiene una relación con las tendencias tecnológicas que solo puede describirse como vocacional. Nunca fracasó, pivoteó. Nunca cerró, evolucionó. Y lo que más me llama la atención no es que Alex finja demencia cuando aparece, sino que todos a su alrededor la fingimos también. Nadie le pregunta qué pasó con aquella empresa, nadie menciona aquella ronda, nadie recuerda en voz alta aquel cliente grande que estaba a punto de firmar, todos asentimos y escuchamos lo del nuevo pipeline y lo de las semanas que faltan y seguimos con la noche como si la conversación anterior nunca hubiera ocurrido, que en cierto modo es verdad porque tampoco esa ocurrió del todo.

Ahora bien, antes de seguir tendría que decir algo que quizás ya intuyen. Alex no es solamente ese tipo en los eventos, Alex es el emprendedor que todos conocemos porque en algún momento todos lo fuimos, yo fui Alex en conversaciones donde dije que todo iba bien cuando no iba bien, en emails donde escribí que estábamos en un momento de consolidación cuando en realidad estábamos en un momento de supervivencia, en reuniones donde presenté proyecciones con una seguridad que no se correspondía con la información que tenía en ese momento.

Lo hice porque el ecosistema tiene una presión estructural hacia la narrativa del momentum y porque decir estamos en un momento de supervivencia en una cena de networking no genera exactamente el mismo tipo de conversaciones que decir que el pipeline va muy bien. Si llevas tiempo en esto, probablemente también lo hayas sido, no lo digo para que se sienta mejor, lo digo porque es verdad y porque ignorarlo no ha resultado particularmente útil hasta ahora.

El problema no es que actuemos, el problema es lo que se pierde cuando la actuación se vuelve el único registro disponible. Alex tenía información, tenía los seis meses sin cerrar una venta relevante, tenía el cofundador con quien la relación se había deteriorado más allá de lo reparable, tenía la ronda que tardó el doble y las condiciones que aceptaron porque no había alternativa. Esa información, dicha en voz alta en el momento correcto, hubiera sido útil, para él que la decía, principalmente, pero Alex eligió el espectacular hasta el final y cuando el final llegó no había nada que analizar porque no había nada registrado, el cadáver había desaparecido antes de que alguien pudiera examinarlo, muy conveniente para todos, completamente inútil para cualquier propósito práctico.

Los proyectos no mueren de golpe, mueren de una combinación de factores que en su secuencia particular producen un resultado que después llamamos destino porque es más cómodo que llamarlo una serie de decisiones analizables. El timing que no acompañó, la estructura de capital que no dejaba margen para equivocarse, y equivocarse es inevitable, todos los proyectos se equivocan en los primeros tramos y la diferencia es cuánto tiempo había disponible para corregir, el equipo que sobre el papel era sólido y en los hechos tenía las fisuras habituales, el producto que resolvía un problema que el mercado no sentía con suficiente urgencia como para pagar por la solución, que es la descripción técnica de nadie lo quería lo suficiente, la velocidad de decisión en los martes a las tres de la tarde cuando hay que elegir entre dos opciones malas sin información suficiente, y la suerte, que existe como variable real aunque su inclusión en cualquier análisis genere incomodidad en personas que prefieren narrativas más limpias. Todo eso estuvo en la empresa de Alex, y en la mía en algún momento, y probablemente en la suya.

Hace un tiempo empecé a responder con cierta literalidad cuando me preguntan cómo van las cosas, tuvimos un cierre de año difícil, este trimestre está siendo más complicado de lo que esperaba, y lo que descubrí es que la verdad genera exactamente el mismo nivel de interés que la versión alternativa, el interlocutor asiente, cambia de tema, sigue con su noche. La diferencia es el efecto que produce en uno mismo, decirlo en voz alta obliga a haberlo pensado primero, que es una exigencia mínima pero que al parecer no resulta tan obvia como debería.

No propongo el fracaso como práctica espiritual ni la vulnerabilidad como estrategia de posicionamiento personal, que son dos versiones del mismo problema con mejor fotografía, propongo algo más aburrido, hacer lo que hace el forense, ponerse los guantes y mirar el cadáver sin apartar la vista, porque un cuerpo que dejó de funcionar contiene, exactamente en los lugares donde dejó de funcionar, más información útil que la mayoría de los cuerpos que todavía caminan. Qué se rompió, dónde, por qué, qué hubiera resistido el impacto, sin drama, con la precisión de quien entiende que el diagnóstico correcto es la única base posible para el tratamiento y que negarse a examinar el cadáver no resucita nada, solo garantiza que el próximo muera de lo mismo.

Nuestra cultura tiene con el fracaso una relación teológica, al exitoso le buscamos el contacto que tenía, la ventaja que no se ve, la trampa que explica el resultado, y al fracasado le hacemos lo mismo, le buscamos el pecado, porque es más cómodo que aceptar que los proyectos son sistemas complejos que funcionan o no por razones que en su mayoría son analizables, en ese esquema no hay autopsia posible, solo veredicto, y el veredicto invariablemente llega antes que el análisis.

Alex tiene la historia más útil que conozco, ya sabe exactamente en qué martes a las tres de la tarde se torció algo que podría haberse enderezado, tiene un relato preciso, sin adornos, lleno de información real que le cambiaría algo concreto a alguien que está ahora mismo donde él estuvo.

A pesar de esto sé que la próxima vez que lo vea en un evento me va a contar sobre su nueva empresa de inteligencia artificial.

Ya sé lo que me va a decir. Espectacular.

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