Hay cosas que uno aprende en la primera juventud y después olvida sistemáticamente cada vez que más le importaría recordarlas. Una de esas cosas es que la señal clara no existe.
No con las mujeres, al menos. (y os adelanto, con los mercados tampoco).
Cualquier hombre que haya tenido veinte años en Buenos Aires o en cualquier otra ciudad que merezca ese nombre sabe que el momento de actuar no llega anunciado. Llega como un atisbo, una intuición, algo en la manera en que la conversación se alarga sin que nadie la alargue deliberadamente.
No es una señal, es casi una señal. Un indicio que exige, antes que análisis, cierta dosis de autoestima y un salto que nunca es completamente seguro. El que espera la señal clara espera sentado. Y sentado, descubrimos todos más o menos a la misma edad, no pasa gran cosa.
Peor aún, las señales demasiado claras nos nublan. Cuando ella es obvio que sí, algo en nosotros desconfía, busca la trampa, sospecha del entusiasmo. Preferimos la ambigüedad que nos mantiene en movimiento a la claridad que nos paraliza de otra manera. Somos complicados de una manera bastante poco interesante.
Ellas también esperan señales, pero no las mismas. Nosotros esperamos el gesto que nos autorice a actuar, el momento que nos dé permiso, la mirada que elimine la posibilidad del ridículo.
Nuestro miedo es horizontal, del presente, de este paso en falso específico. Un miedo que en el fondo protege algo bastante frágil y bastante poco importante. El de ellas es distinto.
Ellas esperan evidencia de consistencia, de que la persona aparece cuando dijo que iba a aparecer, de que lo que se muestra al principio no es una estrategia sino un carácter. Esperan señales de algo que nosotros ni sabemos que estamos siendo evaluados de esa manera porque nunca nos explicaron que hay un examen, y el examen lleva años, y las preguntas no son las que creemos. Su miedo es vertical. Tiene capas. Tiene historia propia, anterior a nosotros, construida con información que nosotros no pusimos ahí pero que tampoco podemos ignorar que existe. No es miedo a este momento ni a este hombre en particular. Es miedo a un patrón que ella ya reconoce, o que alguien cercano vivió con suficiente detalle como para que quedara grabado para siempre en algún lugar que no se elige.
Y a diferencia del nuestro, su miedo tiene razones objetivas para existir. Razones que van bastante más allá del ridículo. Porque el peor escenario para nosotros y el peor escenario para ellas no están en la misma categoría de riesgo, y en el fondo los dos lo sabemos aunque rara vez lo decimos en voz alta. Los dos esperamos señales. Los dos tenemos miedo sin forma. Pero no es el mismo miedo ni protege las mismas cosas. Y aun así los dos llegamos al mismo lugar, paralizados frente a algo que ya tomó una decisión sobre nosotros y está esperando que nos pongamos al día.
Y después nos hacemos adultos funcionales, ganamos algún dinero, nos ponemos a invertirlo y nos olvidamos de todo esto.
Porque el mercado opera exactamente igual. Ya dio señales. Muchas. El problema nunca fue la ausencia de señales sino nuestra extraordinaria capacidad para no actuar frente a ellas, para procesarlas hasta volverlas irreconocibles, para construir un sistema de análisis tan sofisticado que en la práctica funciona igual que la parálisis, solo que con mejor vocabulario.
El mercado plano es la versión financiera de ese momento en que no pasa nada pero tampoco nada termina. Y entonces esperás un dato de empleo, una declaración de la Fed, algún titular que reorganice el silencio en algo interpretable. Desarrollás una habilidad notable para encontrar razones para seguir esperando.
Es un talento inútil pero se perfecciona solo, con la dedicación tranquila de quien no tiene intención de llegar a ningún lado.
La señal definitiva no existe porque si existiera con esa claridad la verían todos al mismo tiempo. Y si todos la vieran, el precio ya la reflejaría antes de que pudieras hacer nada. Es como esperar que ella confirme exactamente lo que sentís para recién entonces animarte. Para cuando eso ocurre, si ocurre, ya llegó otro con menos análisis y más disposición al ridículo y está tomando algo con ella en el Born mientras vos seguís esperando condiciones favorables.
La certeza y la oportunidad no coexisten. Nunca lo hicieron. Ni en los mercados ni en el otro asunto.
El inversor conservador y el agresivo miran el mismo gráfico plano y los dos esperan, pero esperan cosas distintas. Uno espera confirmación de subida, el otro espera confirmación de que no va a caer.
Los dos llaman a eso prudencia, que es una palabra muy útil para no decir miedo. El malestar no es la antesala de actuar, es actuar.
Siempre fue así, lo supimos una vez y lo olvidamos en cuanto había dinero de por medio, que es exactamente cuando más necesitábamos recordarlo.
Somos multitud, una cofradía dispersa con miedos de distintas formas pero la misma parálisis, algunos en Buenos Aires con el mate frío, otros en Barcelona convenciéndose de que analizar más es lo mismo que avanzar, esperando todos señales distintas que apuntan todas al mismo lugar.
Al lugar donde ya deberíamos estar.
