Tiempo de lectura: 5 minutos

Todos los años, mis amigos de Aticco, (probablemente la cadena de coworking más grande de España) organizan un after work off-event del 4YFN. Para los no iniciados, el 4YFN es el evento paralelo al Mobile World Congress, que a su vez es el evento donde las grandes corporaciones se muestran sus últimos teléfonos, cómo una boda cara donde la gente va a presumir sus Rolex. El 4YFN es la versión para startups, es decir la misma boda, pero la mesa de los niños, donde no se sirve vino ni se dan cigarros. Y el after work de Aticco es el evento paralelo al evento paralelo, lo cual ya debería decirnos algo sobre el lugar que ocupamos en la cadena alimenticia.

Yo voy todos los años. Y cada año me prometo que va a ser el último, con la misma convicción con la que uno se promete no volver a llamar a un ex a las tres de la mañana. Hay promesas que nacen rotas.

En estas reuniones (y uso la palabra con generosidad, porque a veces parecen más bien un casting para una película que nadie va a filmar) hay exactamente tres tipos de personas.

Los primeros son los nuevos. Llegaron a Barcelona hace poco, o fundaron su startup hace menos de un año, o ambas cosas a la vez. Los reconocés por una energía particular, una especie de fosforescencia que emana del que todavía no fue rechazado por suficientes inversores.

Creen, con una fe que enternece, que esa noche puede cambiar todo. Que van a conocer a alguien que les va a abrir una puerta, que van a decir la frase justa en el momento justo y que al día siguiente van a despertar en un mundo distinto. Es hermoso, en cierto modo. Tienen la misma mirada de los que entran al casino convencidos de que esta vez sí. Y uno no tiene corazón para decirles que la ruleta lleva girando mucho tiempo y que la banca, como siempre, gana.

Los segundos somos los veteranos. Los que ya llevamos varios 4YFN encima, los que ya tuvimos esas conversaciones idénticas que empiezan con “¿y vos a qué te dedicás?” y terminan con un “venga, conectamos por LinkedIn” que se ejecuta con la misma probabilidad con que se ejecutan las promesas electorales.

Sabemos cómo termina esta película porque la vimos varias veces. Sabemos que el networking, esa palabra que le pusieron a la antigua costumbre humana de hablar con desconocidos esperando algo a cambio, tiene rendimientos decrecientes. Cada evento nuevo produce menos contactos útiles que el anterior, como una mina de oro que ya fue explotada y donde lo que queda es cada vez más difícil de extraer. Pero venimos igual. No podemos quedarnos en casa. Quedarse en casa es admitir algo que no estamos listos para admitir.

Me acuerdo de mis primeras epocas en Barcelona cuando salía de noche con una regularidad que hoy me parece heroica. Ibamos a bares del Born, a discotecas de Poble Sec, a fiestas en pisos diminutos en Gràcia donde nunca quedaba claro quién era el anfitrión. Y había noches en las que uno sabía, con esa lucidez que te da haber tomado justo la cantidad necesaria de Ron Cola, que no iba a pasar nada. Que no ibas a conocer a nadie, que no ibas a ligar, que ibas a volver solo a tu piso. Pero salías igual. Porque quedarte en casa era peor. Quedarte en casa era aceptar que el mundo seguía girando sin vos, y eso a los veintipocos años es una idea insoportable.

A los cuarenta, la misma dinámica se repite pero con intercambio perfiles de Linkedin en lugar de miradas a través de una pista de baile. El mecanismo es idéntico. Salís sabiendo que probablemente no pase nada, pero quedarte es rendirte. Y rendirse es un lujo que los emprendedores no nos podemos dar, porque si algo nos define es justamente la incapacidad patológica de aceptar que algo no va a funcionar.

El tercer tipo de persona es el más interesante, y es el que no está.

Los exitosos no vienen a estos eventos. Y su ausencia es más elocuente que cualquier pitch deck de treinta diapositivas. Los que levantaron su Serie A, los que cerraron su ronda grande, los que tienen un producto que escala de verdad, no están acá tomando vino tibio en un vaso de plástico.

Están en Londres negociando con fondos, o en Nueva York almorzando en restaurantes donde el vino se sirve a la temperatura correcta en copas que no se doblan cuando las apretás, o en Zúrich hablando con family offices suizos que manejan dinero viejo con modales nuevo, o simplemente en su casa mirando su cuenta bancaria desde el Sofá. Graduarse de estos eventos es, paradójicamente, el verdadero certificado de éxito. El diploma que importa es el que te dan cuando dejás de venir.

Y acá hay un problema que no es anecdótico sino estructural, y que cualquiera que haya intentado construir algo serio en esta ciudad conoce de memoria. Barcelona tiene un ecosistema de early stage razonablemente bueno. Hay aceleradoras, hay incubadoras, hay ángeles con más o menos experiencia y más o menos plata, hay fondos pre-seed y seed que hacen bien su trabajo. La infraestructura para empezar existe. El problema es lo que viene después. Cuando necesitás una Serie A, cuando necesitás cinco, diez, veinte millones de euros, Barcelona se convierte en un desierto.

No es un desierto hostil, es un desierto amable, un desierto con buen clima y terrazas donde tomarte un vermut mientras contemplás la vastedad de lo que no hay. Los que consiguen ese capital se van. Y no vuelven a estas salas.

El dinero grande tiene su propia gravedad, y esa gravedad atrae hacia centros financieros que están a dos horas de avión pero a años luz de distancia en todo lo demás.

Entonces lo que queda en estas fiestas (y me incluyo, porque la honestidad es lo mínimo que le debo a este texto) es una selección adversa elegante. Nos quedamos los que todavía no. Los que todavía no levantaron la ronda grande, los que todavía no se mudaron a un hub financiero serio, los que todavía no alcanzaron la velocidad de escape necesaria para salir de esta órbita cómoda y templada. Somos como los músicos del Titanic, si el Titanic en lugar de hundirse simplemente se quedara flotando indefinidamente en un mar Mediterráneo de dieciocho grados.

Hay algo que Borges (que no frecuentaba after works pero que entendía las paradojas mejor que nadie) habría apreciado en esta situación. El éxito en el networking es dejar de hacer networking. Es como si el sentido último de ir a misa fuera llegar al punto en que ya no necesitás ir a misa. La práctica contiene las semillas de su propia abolición. El que sigue viniendo a estos eventos, por definición, es el que todavía no logró lo que vino a buscar. Y el que lo logró ya no está acá para contarlo.

Esto no significa que estos encuentros sean inútiles. Sería injusto y además falso decirlo. En algún after work parecido a este conocí a personas que hoy son socios, amigos, o esa categoría intermedia que en Barcelona se resuelve con un “quedamos para un café” que a veces se materializa. Algunas de las mejores ideas que tuve (y muchas de las peores, que estadísticamente son más) nacieron de conversaciones con desconocidos en salas como esta. El networking funciona, pero funciona como la pesca. Tirás la línea muchas veces y la mayoría de las veces no sacás nada. Cuando sacás algo, rara vez es lo que esperabas. Y los mejores pescadores que conocí dejaron de pescar.

Yo miro a los nuevos y siento una ternura que no me corresponde, porque no soy tan viejo ni tan sabio como para permitirme la condescendencia. Simplemente llevo más tiempo dando vueltas en la misma habitación. Les quiero decir que la energía que traen es valiosa, que no la desperdicien, que la canalicen, que no la gasten toda en una noche de networking sino que la dosifiquen para las mañanas difíciles que vienen, para las reuniones con inversores que te miran como si tu deck fuera una lista de compras del supermercado, para los meses en los que la cuenta bancaria de la empresa se parece al electrocardiograma de un paciente que no va bien. Pero no les digo nada de esto, claro. Les digo “¿y vos a qué te dedicás?” y les doy mi tarjeta, que es exactamente lo que alguien me dijo a mí hace años en una sala parecida.

Se va haciendo tarde. El vino, que nunca estuvo frío del todo, ahora está decididamente tibio, una temperatura que los franceses llamarían chambré si fueran generosos y negligencia si fueran honestos. Las conversaciones empiezan a repetirse, los grupos se consolidan, los nuevos se van animando y los veteranos nos vamos apagando con la dignidad medida del que sabe cuándo retirarse de una fiesta sin que parezca una derrota.

Salgo caminando por el Poblenou, por esas calles que fueron industriales y ahora son esa cosa que las ciudades llaman “distrito de innovación”, que en la práctica significa que donde había fábricas ahora hay estudios de diseño y coworkings con plantas de interior. La noche de Barcelona tiene algo que Buenos Aires no tiene (un mar al final de las calles) y le falta algo que Buenos Aires tenía (la promesa de que la noche no termina nunca, de que siempre hay un bar más, una conversación más, un taxi que te lleva a un lugar que no sabías que existía).

Camino y pienso que el año que viene probablemente vuelva. Y el otro también. Y que el día que deje de venir voy a extrañar todo esto, el vino tibio, las conversaciones circulares, los nuevos con sus ojos brillantes, los veteranos con nuestras anécdotas gastadas, hasta el DJ que pone la misma playlist de fondo que podría haber puesto un algoritmo (y probablemente la puso). Voy a extrañar la sala y la gente y la ilusión compartida de que estar acá sirve para algo. Y ese día, el día que no venga más, también voy a saber que algo funcionó. Que llegué a algún lugar, aunque sea un lugar distinto del que imaginaba. Que me gradué.

Pero todavía no. Todavía no

¿Quieres hacerme feliz con muy poco? Pues es solo apretar el botón de “Suscribíte” y poner un correo.

Seguir leyendo…