De chico le mandaba cartas al Jet Propulsion Laboratory para que me enviaran fotos del espacio. Cartas físicas, con sobre y estampilla, desde un barrio del extraradio de Buenos Aires, a una agencia espacial en Pasadena, California, con la expectativa completamente razonable (para un nene de ocho años) de que alguien abriera el sobre y pensara en mandármelas.
A veces lo hacían y llegaba a mi casa un sobre marrón con las siglas JPL y mi nombre. Yo sentía que estaba siendo convocado al programa espacial. Llegaban fotos granuladas de Saturno con el sello de la NASA, renders de lo que sería la estación espacial internacional, fotos del Discovery que yo colgaba en la pared como si fueran documentos sagrados, lo cual en cierto modo eran.
Tengo cincuenta inversores en mi cap table y los llamo, si hago el cálculo honestamente, casi nunca.
La conexión entre estas dos cosas no es obvia, o no lo era hasta ayer, cuando llegué a casa y prendí la tele justo para ver el Artemis II despegar, lo cual me retrotrajo a esa versión anterior de mí con cierta violencia sentimental.
El despegue me hizo sentir una combinación de maravilla genuina y una sensación difícil de nombrar que tiene que ver con la escala. Pensé en la cantidad de personas que tienen que funcionar en sincronía perfecta para que eso suceda, ingenieros, matemáticos, técnicos que revisan tornillos a las tres de la mañana, personas que calculan trayectorias, personas que sueldan, personas que dudan y vuelven a verificar y dudan de nuevo. Ningún cohete llegó a ningún lado porque alguien decidió hacerlo solo, es una observación tan obvia que da vergüenza escribirla, y sin embargo no llamo a mis inversores porque creo que mostrar vulnerabilidad genera desconfianza.
Que el fundador tiene que aparecer siempre con el rumbo claro y la respuesta lista. Que si llamo diciendo que necesito pensar algo junto con alguien, la inferencia natural es que algo no funciona. Es una lógica coherente y, según pienso ahora, bastante equivocada, porque esas personas no apostaron por un robot con todas las respuestas sino por un proceso, y un proceso que aprende y ajusta es exactamente lo que uno querría que fuera el proceso en el que invirtió.
Hay una frase que todo el mundo conoce y nadie aplica: “si querés llegar rápido andá solo, si querés llegar lejos andá acompañado”. La repiten en los keynotes, la ponen en las presentaciones, la usan de epígrafe en los posts de LinkedIn las mismas personas que después se sientan a las once de la noche a resolver solos lo que diez personas inteligentes podrían ayudarlos a resolver en una tarde.
Les voy a mandar un mail a mis inversores. No un newsletter corporativo ni un update trimestral con métricas prolijas. Un mail que va a decir, más o menos, esto: “estoy construyendo algo difícil, tengo preguntas para las que no tengo respuestas, y creo que algunos de ustedes sí las tienen. ¿Hablamos?” Una palabra, en el fondo, ayuda. Es probable que la mayoría responda. Es probable que algunos tengan exactamente lo que necesito. Es probable que este mail sea una de las mejores decisiones del año y que me arrepienta de no haberlo mandado antes.
Yo que de chico le escribía cartas a una agencia espacial al otro lado del mundo con la esperanza de que alguien respondiera no puedo seguir sin escribirles a las personas que ya dijeron que sí.
¿Quieres hacerme feliz con muy poco? Pues es solo apretar el botón de “Suscribíte” y poner un correo.
